En alguna cordillera de la región, bajo una montaña, existe una ciudad erigida en la piedra. La ciudad subterránea de Zoth, perteneciente al reino enano de Amina, es famosa por sus metales finos, su herrería forjada en un río de lava que cruza la montaña, pero sobre todo, por tener una taberna por cada 15 habitantes, una ley que cumplen con gusto.La ciudad se encontraba iluminada por faros con el conjuro de luz, que brillan eternamente gracias a los mejores magos.
Todos los enanos, durante su juventud, son enviados en las mañanas a las minas para forjar sus músculos y su carácter; durante las tardes se les enseña el uso de las armas básicas, entre ellos no existe hombre o mujer que puedas considerare inofensivo, son criados para la guerra. Y en las noches, tienen tiempo para divertirse y relajarse. Al alcanzar cierta edad, algunos enanos abandonan las minas ya sea para dedicarse al estudio o enlistarse en alguna de las escuelas de guerra para pulir sus habilidades.
Al fondo de la ciudad, en el Templo de Móradin, dios de los enanos, un grupo de aspirantes a Clérigo se encontraban orando, practicando para realizar la conexión con su dios bajo las instrucciones del Gran Clérigo Eberk. De entre todos, uno destacaba por su completa ineptitud para realizar la curación más sencilla…
Káraho, un “joven” enano ya llevaba un año entrenando sin obtener resultados. Sus antepasados pertenecieron a la elite de clérigos de la ciudad, y su padre, Eberk, esperaba mucho de él, pero hasta el momento no había hecho otra cosa más que decepcionarlo y humillarlo.
Káraho por su parte, prefería practicar con su amigo Himo, un habilidoso guerrero recién egresado, el manejo de las armas de guerra, cosa que estaba prohibida para aquellos que practicaban las artes de la sanación, pero que él las consideraba muy necesarias. Por obvias razones, estas prácticas se llevan a cabo en secreto, pero en una ocasión Eberk los descubrió, provocando su ira. Cómo castigo por romper las reglas, Eberk mandó a su hijo de regreso a las minas, al considerarlo incompetente y falto de madurez para continuar con el legado de su familia, pero pronto aprendería que estaba equivocado.
Durante una de las excavaciones, en la mina donde se encontraba Káraho, se generó una gran explosión que mando a volar a todos los presentes. Káraho cayó inconsciente. Al abrir los ojos, él se encontraba de pie, al parecer en un cuarto oscuro. A donde quiera que volteaba, no lograba visualizar algo, excepto una pequeña fuente de luz. Al acercarse a la pequeña llama, una voz que parecía venir de todas direcciones se escuchó en ese lugar – Puedo sentir lo que hay en tu corazón, dime ¿Es tu deseo ayudar a los necesitados y combatir el mal sin importar que o quien se interponga en tu camino? – Ciertamente Káraho quedo sorprendido con la pregunta. Las leyes de su pueblo siempre le parecieron muy estrictas y él quería hacer algo más que solo bendecir a su gente, desde hace tiempo sintió la necesidad de salir a la aventura. Y esa voz parecía conocerlo bien. Káraho asintió con seguridad, no entendía por qué, pero esa pequeña luz le tranquilizaba.
En ese momento la pequeña luz se convirtió en una esfera gigante, brillante y cálida . – Mi nombre es Pelor, dios del Sol, a partir de ahora serás uno de mis representantes en tu plano y mi poder fluirá a través de tí. Dirígete hacia el suroeste, te necesitarán – La luz brilla con más intensidad cegando a Káraho.
Al abrir los ojos nuevamente, Káraho se haya en el piso, aturdido y herido, en su mano sostenía una piedra, él sabía que era su amuleto. Al levantar la vista localiza a varios de sus compañeros, algunos de ellos gravemente heridos. Sin vacilar corre hacia ellos, coloca las manos sobre sus cuerpos y una luz dorada envuelve a su compañero moribundo . Las heridas se cierran frente a sus ojos. Comprende entonces que ha logrado el vínculo con un dios, pero no el que su padre deseaba.
Al poco rato Eberk llega a la zona de la explosión, Káraho ya había curado a los que estaban más graves, Eberk lo observa y alcanza a percibir el aura que emana del cuerpo de su hijo. Se acerca a él con ojos llenos de coraje.
– Tu amuleto, ¡Muestramelo! – Káraho le extiende la mano y deja ver la pequeña piedra que tenía cuando despertó. Ésta tenía grabado la imagen de un sol en ella. Eberk no podía creerlo, si bien se sintió humillado al saber que su hijo no había logrado avances en el año anterior, saber ahora que se había vinculado con un dios diferente le hizo hervir la sangre.
– Por el poder que me ha conferido el rey, y considerando las diferentes violaciones al código de nuestro pueblo, yo el Gran Clérigo de la Ciudad de Zoth siguiendo las leyes escritas por los antiguos, tú, Káraho Bort, quedas desterrado de esta ciudad. Está prohibido tu ingreso a esta y cualquier otra perteneciente al reino de Amina y sus límites territoriales bajo pena de cadena perpetua. – Dice Eberk con voz marcial, clara y fuerte – Tienes 24 horas para abandonar nuestros terrenos. Pasado ese tiempo se te encarcelará como criminal.
– Ya me iba de todos modos, no te preocupes viejo – El tono burlón de Káraho solo provocó que se le botaran las venas de la frente de su padre.
Sin mucha demora Káraho fue a su casa, se colocó su armadura, tomo su escudo y su maza, la bolsa de dinero que tenía escondida en un compartimento oculto en la pared y se dirigió hacia las puertas de la gran ciudad. La luz natural lo cegó un poco al inicio, el aire se sentía raro, había pasado demasiado tiempo debajo de la montaña. Sin mirar atrás siguió su camino, el trayecto era largo y tenía poco tiempo para abandonar los terrenos de la ciudad.
Cuatro horas habían pasado, alcanzó a oír los cascos de un caballo a la lejanía, alguien lo seguía. Busco el primer arbusto que pudiera cubrirlo y se ocultó. Un poni de guerra pronto se acerco hasta donde estaba él, y se detuvo enfrente.
–¿Te vas sin despedirte? Por cierto se te ve la panza, idiota.—Káraho reconoció la voz, se trababa de su amigo Himo. – Vaya que la has cagado.
Káraho sale de su inútil escondite, platican un poco acerca de lo ocurrido, y le explica que ya había decido salir de la ciudad al siguiente día, pero su padre lo hizo más sencillo.
– Esta bien, entiendo, pero creo que se te olvidaron varios detallitos, si no te hubiera alcanzado, seguramente estarás muerto para el amanecer, y no quiero cargar tu cadáver hasta la ciudad, pesas mucho y hueles mal – Dice Himo mientras baja donde enormes cajas que cargaba en el Poni. Ambos sueltan una carcajada.
– Toma, yo sé lo mucho que has entrenado con éstas armas, creo que te servirán en tu nuevo viaje – Himo le entrega un escudo Páves, un hacha de guerra enana y una armadura completa – Me voy a meter en problemas por haberte traído esto, pero creo que podrás defenderte mejor, eso sí, aun te falta mucha práctica con el hacha, será mejor que sigas usando la maza de momento. Tambien necesitaras esto – Una mochila le cae en la cara a Káraho – ahí vienen ya varios elementos básicos de supervivencia, úsalos bien. No sé cómo pensabas sobrevivir sin eso. Yo me retiro, y … la dirección a la que quieres ir… es para el otro lado – Entre carcajadas Himo se va alejando hasta perderse en el accidentado terreno.
De regreso en Zoth, Himo observa una figura que lo espera en la entrada. El Gran Clérigo.
– Lograste localizarlo – preguntó Eberk con algo de angustia.
– Sí, fue sencillo. Le entregué todo lo que me pidió, él no sospecha algo – Respondió Himo con tranquilidad. – ¿Está de acuerdo en haberlo dejado ir?
– Nuestras leyes son claras y deben respetarse, además, recibió el llamado de un dios. Ya no hay algo que yo pueda hacer al respecto. Vamos adentro y empecemos a prepararnos. Me temo que días oscuros están por venir. – dice mientras se dirigen hacia las entrañas de la montaña.
Káraho, ya armado con sus nuevos objetos, sigue caminando en la dirección que le indicó Himo. Algunos días pasaron y varias peripecias después al fin encontró una pequeña carabana mercante que iba en su misma dirección, y tras unos cuantos favores, aceptaron llevarlo al pueblo más cercano.
Varios días después al fin llegan al poblado. Athar dijo el comerciante que se llamaba. Tras bajar de la carreta para la revisión de ingreso, pudo observar las murallas de la ciudad y la gran puerta de madera, en la cuál un cartel llamó su atención. Comida y hospedaje gratis, no suena tan mal, y la paga es buena.
– Supongo esto es lo que esperabas que encontrara – Dijo para sí, dirigiéndose a su dios – creo que hasta aquí llegué – dijo esta vez en voz alta y desalentadora, mientras se dirigía a la taberna “Gota de fuego” escucho un grito de auxilio.
- ¡AYUDA!, ¡ TRAIGO UN HERIDO! - gritaba una elfa acompañada de un lobo , mientras arrastraba un camastro hacia donde el se encontraba .
No sintió ninguna intención maligna así que se apresuró al encuentro, Su sorpresa fue tal que casi si cae de bruces al ver al semiorco atado, tomó el hacha y torpemente liberó su pecho, podía ver la herida y en ella el metal fundido de lo que alguna vez fue un amuleto.
Todos los enanos, durante su juventud, son enviados en las mañanas a las minas para forjar sus músculos y su carácter; durante las tardes se les enseña el uso de las armas básicas, entre ellos no existe hombre o mujer que puedas considerare inofensivo, son criados para la guerra. Y en las noches, tienen tiempo para divertirse y relajarse. Al alcanzar cierta edad, algunos enanos abandonan las minas ya sea para dedicarse al estudio o enlistarse en alguna de las escuelas de guerra para pulir sus habilidades.
Al fondo de la ciudad, en el Templo de Móradin, dios de los enanos, un grupo de aspirantes a Clérigo se encontraban orando, practicando para realizar la conexión con su dios bajo las instrucciones del Gran Clérigo Eberk. De entre todos, uno destacaba por su completa ineptitud para realizar la curación más sencilla…
Káraho, un “joven” enano ya llevaba un año entrenando sin obtener resultados. Sus antepasados pertenecieron a la elite de clérigos de la ciudad, y su padre, Eberk, esperaba mucho de él, pero hasta el momento no había hecho otra cosa más que decepcionarlo y humillarlo.
Káraho por su parte, prefería practicar con su amigo Himo, un habilidoso guerrero recién egresado, el manejo de las armas de guerra, cosa que estaba prohibida para aquellos que practicaban las artes de la sanación, pero que él las consideraba muy necesarias. Por obvias razones, estas prácticas se llevan a cabo en secreto, pero en una ocasión Eberk los descubrió, provocando su ira. Cómo castigo por romper las reglas, Eberk mandó a su hijo de regreso a las minas, al considerarlo incompetente y falto de madurez para continuar con el legado de su familia, pero pronto aprendería que estaba equivocado.
Durante una de las excavaciones, en la mina donde se encontraba Káraho, se generó una gran explosión que mando a volar a todos los presentes. Káraho cayó inconsciente. Al abrir los ojos, él se encontraba de pie, al parecer en un cuarto oscuro. A donde quiera que volteaba, no lograba visualizar algo, excepto una pequeña fuente de luz. Al acercarse a la pequeña llama, una voz que parecía venir de todas direcciones se escuchó en ese lugar – Puedo sentir lo que hay en tu corazón, dime ¿Es tu deseo ayudar a los necesitados y combatir el mal sin importar que o quien se interponga en tu camino? – Ciertamente Káraho quedo sorprendido con la pregunta. Las leyes de su pueblo siempre le parecieron muy estrictas y él quería hacer algo más que solo bendecir a su gente, desde hace tiempo sintió la necesidad de salir a la aventura. Y esa voz parecía conocerlo bien. Káraho asintió con seguridad, no entendía por qué, pero esa pequeña luz le tranquilizaba.
En ese momento la pequeña luz se convirtió en una esfera gigante, brillante y cálida . – Mi nombre es Pelor, dios del Sol, a partir de ahora serás uno de mis representantes en tu plano y mi poder fluirá a través de tí. Dirígete hacia el suroeste, te necesitarán – La luz brilla con más intensidad cegando a Káraho.
Al abrir los ojos nuevamente, Káraho se haya en el piso, aturdido y herido, en su mano sostenía una piedra, él sabía que era su amuleto. Al levantar la vista localiza a varios de sus compañeros, algunos de ellos gravemente heridos. Sin vacilar corre hacia ellos, coloca las manos sobre sus cuerpos y una luz dorada envuelve a su compañero moribundo . Las heridas se cierran frente a sus ojos. Comprende entonces que ha logrado el vínculo con un dios, pero no el que su padre deseaba.
Al poco rato Eberk llega a la zona de la explosión, Káraho ya había curado a los que estaban más graves, Eberk lo observa y alcanza a percibir el aura que emana del cuerpo de su hijo. Se acerca a él con ojos llenos de coraje.
– Tu amuleto, ¡Muestramelo! – Káraho le extiende la mano y deja ver la pequeña piedra que tenía cuando despertó. Ésta tenía grabado la imagen de un sol en ella. Eberk no podía creerlo, si bien se sintió humillado al saber que su hijo no había logrado avances en el año anterior, saber ahora que se había vinculado con un dios diferente le hizo hervir la sangre.
– Por el poder que me ha conferido el rey, y considerando las diferentes violaciones al código de nuestro pueblo, yo el Gran Clérigo de la Ciudad de Zoth siguiendo las leyes escritas por los antiguos, tú, Káraho Bort, quedas desterrado de esta ciudad. Está prohibido tu ingreso a esta y cualquier otra perteneciente al reino de Amina y sus límites territoriales bajo pena de cadena perpetua. – Dice Eberk con voz marcial, clara y fuerte – Tienes 24 horas para abandonar nuestros terrenos. Pasado ese tiempo se te encarcelará como criminal.
– Ya me iba de todos modos, no te preocupes viejo – El tono burlón de Káraho solo provocó que se le botaran las venas de la frente de su padre.
Sin mucha demora Káraho fue a su casa, se colocó su armadura, tomo su escudo y su maza, la bolsa de dinero que tenía escondida en un compartimento oculto en la pared y se dirigió hacia las puertas de la gran ciudad. La luz natural lo cegó un poco al inicio, el aire se sentía raro, había pasado demasiado tiempo debajo de la montaña. Sin mirar atrás siguió su camino, el trayecto era largo y tenía poco tiempo para abandonar los terrenos de la ciudad.
Cuatro horas habían pasado, alcanzó a oír los cascos de un caballo a la lejanía, alguien lo seguía. Busco el primer arbusto que pudiera cubrirlo y se ocultó. Un poni de guerra pronto se acerco hasta donde estaba él, y se detuvo enfrente.
–¿Te vas sin despedirte? Por cierto se te ve la panza, idiota.—Káraho reconoció la voz, se trababa de su amigo Himo. – Vaya que la has cagado.
Káraho sale de su inútil escondite, platican un poco acerca de lo ocurrido, y le explica que ya había decido salir de la ciudad al siguiente día, pero su padre lo hizo más sencillo.
– Esta bien, entiendo, pero creo que se te olvidaron varios detallitos, si no te hubiera alcanzado, seguramente estarás muerto para el amanecer, y no quiero cargar tu cadáver hasta la ciudad, pesas mucho y hueles mal – Dice Himo mientras baja donde enormes cajas que cargaba en el Poni. Ambos sueltan una carcajada.
– Toma, yo sé lo mucho que has entrenado con éstas armas, creo que te servirán en tu nuevo viaje – Himo le entrega un escudo Páves, un hacha de guerra enana y una armadura completa – Me voy a meter en problemas por haberte traído esto, pero creo que podrás defenderte mejor, eso sí, aun te falta mucha práctica con el hacha, será mejor que sigas usando la maza de momento. Tambien necesitaras esto – Una mochila le cae en la cara a Káraho – ahí vienen ya varios elementos básicos de supervivencia, úsalos bien. No sé cómo pensabas sobrevivir sin eso. Yo me retiro, y … la dirección a la que quieres ir… es para el otro lado – Entre carcajadas Himo se va alejando hasta perderse en el accidentado terreno.
De regreso en Zoth, Himo observa una figura que lo espera en la entrada. El Gran Clérigo.
– Lograste localizarlo – preguntó Eberk con algo de angustia.
– Sí, fue sencillo. Le entregué todo lo que me pidió, él no sospecha algo – Respondió Himo con tranquilidad. – ¿Está de acuerdo en haberlo dejado ir?
– Nuestras leyes son claras y deben respetarse, además, recibió el llamado de un dios. Ya no hay algo que yo pueda hacer al respecto. Vamos adentro y empecemos a prepararnos. Me temo que días oscuros están por venir. – dice mientras se dirigen hacia las entrañas de la montaña.
Káraho, ya armado con sus nuevos objetos, sigue caminando en la dirección que le indicó Himo. Algunos días pasaron y varias peripecias después al fin encontró una pequeña carabana mercante que iba en su misma dirección, y tras unos cuantos favores, aceptaron llevarlo al pueblo más cercano.
Varios días después al fin llegan al poblado. Athar dijo el comerciante que se llamaba. Tras bajar de la carreta para la revisión de ingreso, pudo observar las murallas de la ciudad y la gran puerta de madera, en la cuál un cartel llamó su atención. Comida y hospedaje gratis, no suena tan mal, y la paga es buena.
– Supongo esto es lo que esperabas que encontrara – Dijo para sí, dirigiéndose a su dios – creo que hasta aquí llegué – dijo esta vez en voz alta y desalentadora, mientras se dirigía a la taberna “Gota de fuego” escucho un grito de auxilio.
- ¡AYUDA!, ¡ TRAIGO UN HERIDO! - gritaba una elfa acompañada de un lobo , mientras arrastraba un camastro hacia donde el se encontraba .
No sintió ninguna intención maligna así que se apresuró al encuentro, Su sorpresa fue tal que casi si cae de bruces al ver al semiorco atado, tomó el hacha y torpemente liberó su pecho, podía ver la herida y en ella el metal fundido de lo que alguna vez fue un amuleto.
- Lo que en su momento lo salvo, ahora lo está matando - Dijo Káraho a la semielfa - tengo que retirarlo, ayúdame.
La elfa ayudo a Karaho, estaba convencida de que ese semiorco no era una amenaza en ese estado.
-Necesito que en cuanto empiece a cerrar la herida arranques el metal - dijo Káraho a la elfa.
Káraho concentro toda su energía espiritual para sanar al semiorco, cuando la herida comenzó a cerrar la elfa arrancó el amuleto fundido del pecho, el semiorco despertó del dolor y trataba de liberarse la ataduras, la elfa retrocedió mientras Káraho continuaba cerrando la herida, después de unos instantes la herida se cerró y el semiorco nuevamente perdió el conocimiento.
- Ya está - dijo el enano- eso fue peligroso, necesitaré varios tragos...
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